Ya no me atrae lo difícil
Recuerdo cuando me atraía lo incierto, lo inestable, lo que hería y luego pedía perdón con una sonrisa. Me fascinaba quien venía y se iba, quien contestaba cuando quería, quien jugaba con la ausencia como si fuera un arte. Y si lograba por fin que se quedara, entonces pensaba que yo tenía un alto valor y que ese amor esquivo era la prueba misma de mi valor.
Pero un día desperté. Y en ese despertar hubo silencio, duelo y después, comprensión.
Entendí que aquello no era amor, sino un eco de mis carencias. Que me aferraba a migajas, creyendo que eran banquetes. Que no era pasión, era hambre. Y que mi ego, buscando validación constante, confundía el caos con intensidad.
Cuando no has sanado, lo confuso se vuelve magnético. Lo difícil parece especial, profundo y el dolor se disfraza de destino.
Pero al sanar, ya no quieres fuegos artificiales que arden y desaparecen, todo eso te da hastío y pereza. Quieres fuego lento, presencia serena, manos que no tiemblan al sostenerte.
Porque cuando sanas, cambia tu idea del amor. Te enamoras de quien se queda, no de quien impresiona. De quien te habla claro, sin acertijos ni silencios estratégicos. De quien no mide su afecto ni juega con el reloj de tu espera. De quien no hace malabares con tu vida, ni con tu tiempo.
Y eso que algunos llaman “exigencia”, no es altivez. Es claridad. Es haber aprendido a reconocerte poco a poco. A darte tú ese amor que antes buscabas afuera. A tratarte a ti mismo con más respeto y entender que es lo que te hace bien realmente, para ahora sí, nunca soltarlo.

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