El sesgo de confirmación como arma
El ser humano tiene una tendencia casi natural a ser cabezota. Lo difícil que resulta desprendernos de una idea cuando ya la hemos dado por cierta. Incluso cuando nos ponen delante datos, pruebas y explicaciones que muestran lo contrario, solemos mantenernos firmes. Y a veces esa firmeza es tan absurda que roza lo irracional. Pero aun así, seguimos defendiendo nuestras creencias.
En psicología, esta tendencia se llama sesgo de confirmación. Significa que buscamos información que confirme lo que ya pensábamos y, a la vez, ignoramos o minimizamos todo aquello que lo contradice. Es un mecanismo muy humano, pero también muy peligroso.
Además, tenemos dos necesidades psicológicas que chocan entre sí: nos gusta rodearnos de gente que piensa como nosotros, porque eso nos da seguridad, pero al mismo tiempo queremos sentirnos distintos al resto, especiales. Esta combinación nos hace vulnerables a ciertos discursos que saben aprovechar esas debilidades.
Y aquí entra en juego un fenómeno muy visible: la manera en que los partidos de extrema derecha, prácticamente en todo el mundo, llevan años explotando este sesgo. Su estrategia consiste en ofrecer mensajes que encajan perfectamente con esas dos necesidades: por un lado, te hacen sentir parte de un grupo “despierto”, y por otro, te convencen de que ese grupo está en contra de un sistema que supuestamente manipula a las masas.
Su técnica es simple: negar sistemáticamente cualquier consenso. Si la sociedad coincide en algo, ellos se colocan en el polo opuesto. Da igual el tema:
– Violencia de género: “no existe”.
– Cambio climático: “no existe”.
– Racismo: “no existe”.
– Derechos LGTB: “una amenaza”.
Si uno revisa los discursos de estos partidos en distintos países, verá que todos dicen prácticamente lo mismo. Han aprendido que ir a contracorriente es una forma rápida de captar a quienes buscan sentirse diferentes, especiales o “rebeldes”.
Esto funciona especialmente bien cuando la realidad es compleja. Un ejemplo sencillo es la economía. Mucha gente piensa que el presupuesto de un país funciona igual que el de una familia: si ingresa 100, no puede gastar 120. Pero la economía de un Estado no funciona así. A veces, gastar más de lo que se ingresa no solo es posible, sino necesario. ¿Puede resultar ilógico?, sí, pero no significa que no sea cierto, porque lo es. Y en ese terreno de confusión es donde estos discursos encuentran terreno fértil.
El resultado es preocupante. Poco a poco, este tipo de mensajes va radicalizando a parte de la población. Personas que antes confiaban en estudios, expertos o instituciones, ahora prefieren creer a cualquier desconocido en redes sociales que les diga justo lo que quieren escuchar. Porque eso alimenta su sesgo de confirmación.
Así, temas que parecían resueltos y consensuados vuelven a ponerse en duda. Y de ahí se pasa a ideas cada vez más extremas: que el colectivo LGTB quiere influir en los niños, que la Tierra es plana o que las víctimas palestinas de los bombardeos son “actores”.
Todo esto no ocurre porque la gente sea imbécil, sino porque nuestra mente está diseñada para proteger aquello en lo que creemos. Pero cuando alguien aprende a usar ese mecanismo contra nosotros, el resultado puede ser profundamente peligroso.

Comentarios
Publicar un comentario