MADRILUCÍA


No creo que exista un solo andaluz que no se haya sentido menospreciado alguna vez por el simple hecho de serlo. Desde distintos puntos de España se nos ha atacado, insultado y colocado etiquetas con una alegría envidiable, sin el menor reparo en tratarnos de paletos o vagos cuando les ha dado la gana. De tanto se nos ha despojado a lo largo de la historia que, en su momento, a la todopoderosa Ayuso se le ocurrió dar un paso más y declarar a Madrid “Capital Mundial del Flamenco”. ¡Toma ya!.

Pero aquello solo fue el principio. Ahora ha decidido ir más allá y apropiarse también de nuestras costumbres. Lo ha llamado “Madrilucía”, una iniciativa que consiste en llevarse la Feria de Sevilla a Madrid, como quien se lleva un souvenir en la maleta. Eso sí, a lo grande: 400 casetas, alquiler de trajes de gitana —que ella insiste en llamar de flamenca—, coches de caballos —ella los llama carruajes— y un despliegue digno de una superproducción, para que los madrileños puedan tener su feria sin el incómodo detalle de tener que venir a Andalucía y de paso robarle a una ciudad el impacto económico de su fiesta.

Según nos cuentan, todo esto se hace para fomentar la unión entre Madrid y Andalucía. Una unión tan peculiar que pasa, curiosamente, por descontextualizar tradiciones y arrancarlas de su lugar de origen. A mí, se me ocurre una forma mucho más sencilla de unir: respetar las costumbres de cada tierra y dejarlas vivir donde nacieron.

Además, juegan con la tranquilidad de saber que jamás veremos a los sevillanos organizando un macroevento de organillos y chulapas mientras bailan un chotis en un recinto ferial. No por falta de capacidad, sino porque aquí aún conservamos la extraña costumbre de respetar las tradiciones ajenas y, si queremos disfrutarlas, ir al lugar donde tienen sentido.

Eso sí, no conviene subestimar la creatividad institucional. Si “Madrilucía” no cuaja, siempre nos quedará un “Madriplona”, con madrileños, pañuelo rojo al cuello corriendo delante de toros por la Castellana; un “Madrilencia” inundando la capital de ninots; o, en última instancia, una Diada madrileña con puestos de calçots en la Gran Vía y castells levantándose en la Puerta del Sol.

Las ocurrencias de esta mujer parecen no tener fin, incluso cuando para materializarlas haya que pasar por encima de la cultura y las costumbres de los demás. Total, siempre se puede vender como convivencia.



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