El amor, esa alquimia que la naturaleza nos regaló
El ser humano es, en esencia, una máquina perfecta y compleja que muchas veces no llegamos a comprender del todo. Pero la naturaleza, sabia y generosa, pensó en todo, incluso en cómo ayudarnos a encontrar a nuestra pareja ideal.
Eso que llamamos química nos parece muchas veces inexplicable. Por más que creamos tener un “tipo” —personas de cierto color de ojos, de cabello o con características específicas—, un día aparece alguien que rompe con todos nuestros esquemas. Y sin una razón lógica aparente, esa persona nos atrae profundamente. Su voz, sus gestos, su forma de moverse, su mirada… O quizás la suma de todo. Lo cierto es que sentimos que querríamos compartir algo más con ella.
Es entonces cuando la naturaleza activa su maquinaria interna, y se enciende lo que conocemos como la fase de enamoramiento.
Cuando estamos cerca de esa persona, nuestro cerebro aumenta la producción de dopamina, un neurotransmisor que actúa como un mensajero químico, regalándonos esa sensación de euforia, placer y bienestar —las famosas “mariposas en el estómago”. El corazón se acelera, la sangre fluye con más fuerza, gracias a que nuestras glándulas suprarrenales liberan norepinefrina.
Si hay contacto físico, el nivel de cortisol (la hormona del estrés) disminuye rápidamente, porque nuestro cuerpo comienza a producir oxitocina, también llamada la hormona del apego. Sin que seamos del todo conscientes, empezamos a construir un lazo de confianza con esa persona.
De pronto, la vemos con una belleza deslumbrante, y hasta nosotros mismos nos notamos más atractivos frente al espejo. ¿La razón? Un aumento en los estrógenos, que mejora la apariencia de nuestra piel y nos hace sentir radiantes.
Mientras tanto, los niveles de serotonina bajan, y eso explica por qué perdemos el apetito o nos volvemos un poco obsesivos. Esa persona se instala en nuestra mente y no se va.
Todo esto que ocurre dentro de nosotros tiene un único propósito biológico: crear un vínculo. Y es, simplemente, maravilloso.
Pero ese favor que nos hace la naturaleza tiene fecha de caducidad. Una vez creado el lazo, nuestro cuerpo se aparta y nos deja a nosotros el timón. A partir de ese momento, somos nosotros los responsables de mantener la conexión.
Cuando decimos que una relación es como un jardín que necesita ser regado todos los días, no es una metáfora vacía: es completamente cierta. Las caricias, el sexo, el cuidado mutuo, el respeto, los pequeños gestos diarios… todo esto mantiene vivos los niveles de oxitocina, dopamina y otras sustancias que sostienen el vínculo.
El problema surge cuando dejamos de hacer nuestra parte. Si no alimentamos la relación, los niveles de esas hormonas disminuyen, y el cuerpo responde: el cortisol vuelve a subir, y con él llegan el insomnio, la fatiga, la pérdida de deseo sexual y un deterioro emocional que poco a poco va deshaciendo el lazo creado.
Y entonces, sin saber cómo llegamos a ese punto, la relación empieza a deteriorarse.
Muchas personas, ante esta incapacidad de sostener el vínculo, terminan saltando de una relación a otra, buscando revivir constantemente esa chispa inicial. Se vuelven adictas a la fase de enamoramiento, persiguiendo una y otra vez esa sensación intensa que, aunque efímera, las hace sentirse vivas. Todos conocemos a alguien así.
Y es que, claro… ¿a quién no le gusta sentirse así?
Pero el verdadero desafío no es enamorarse. Eso, en gran parte, lo hace la naturaleza por nosotros y como digo, es efímero. El verdadero reto es permanecer. Construir. Trabajar cada día para mantener ese lazo vivo, ahora sin ayuda del piloto automático de nuestro cuerpo, para dar paso al amor de verdad.
Ahí es donde se flaquea, bien por incapacidad o por falta de entendimiento sobre que nos ocurre realmente cuando iniciamos una relación.
Ahora ya sabes que tienes todas las herramientas al alcance para conseguirlo, de ti depende.

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