El precio del bienestar

 


Sé que lo que voy a decir no es popular, pero todos sabemos, en el fondo, que es cierto. Jamás hubo en España una juventud con una indigencia mental tan profunda como la actual. Nunca.


Hablamos de jóvenes a los que convencen de que viven en una república bolivariana comunista, mientras disfrutan de todas las comodidades imaginables: un móvil operativo en el bolsillo, colchón viscoelástico, ordenador, conexión de banda ancha, consola, televisor… Comen a la carta, reciben una paga para salir a beber con sus amigos e incluso viajan con ellos. Estudian en institutos y universidades públicas que les ofrecen formación gratuita, tienen la libertad de manifestarse por cualquier causa que consideren justa, disfrutan de asistencia sanitaria universal, descuentos en transporte público, bonos y un sinfín de derechos más que les han acompañado desde que nacieron.


Y, aun así, cualquier mediocre con un perfil en redes sociales es capaz de convencerlos de que “antes se vivía mejor”.


No obstante, somos nosotros —sus padres— los verdaderos responsables. Porque no hemos sabido, o no hemos querido, hacerles entender que nada de lo que disfrutan ha caído del cielo. Que nosotros salimos cada día a buscar un sueldo para sostener su comodidad. Que cuando teníamos su edad, veíamos a nuestros padres volver a casa magullados tras las manifestaciones donde se jugaban el tipo por conquistar los derechos que hoy ellos dan por sentados.


Esos derechos costaron esfuerzo, miedo, cárcel, sangre y vidas. Y, paradójicamente, muchos de los que hoy intentan convencer a nuestros hijos de que “todo está mal” son los descendientes de quienes golpeaban a sus abuelos en aquellas mismas manifestaciones.


Quizás, si supieran que antes no existía ninguno de esos derechos que hoy disfrutan, entenderían mejor lo que tienen entre manos. Tal vez dejarían de hacer el ridículo enalteciendo al “niño de papá” que intenta convencerlos de que su país se reduce a una bandera, un toro y un Cristo. Porque su país —el verdadero— es todo aquello por lo que lucharon sus abuelos y bisabuelos. Y su deber, ahora, no es despreciarlo, sino mantenerlo.

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